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Merengues sinfónicos

La noche del merengue sinfónico que protagonizaron José Antonio Molina, la Orquesta Sinfónica Nacional y Paquito D’Rivera, con obras del propio director, de su padre Papa Molina y de Bienvenido Bustamante, fueron un excelente marco para celebrar los 41 años del Teatro Nacional Eduardo Brito y los 60 en el arte de Paquito D’Rivera (ya que no puede celebrarlo en su Patria), porque aquí fue su primera presentación internacional, con apenas 6 años, con la orquesta del propio Papa Molina. Las “Tres imágenes folklóricas”, de Papa Molina se adentró en Los Congos de Villa Mella silueteando la procesión que anualmente se realiza en esa localidad. El segundo movimiento, La Muerte de Mandé, recordó el balsié y los bailes que le acompañan. Monte Adentro, el tercer movimiento, comenzó con la cuerdas exponiendo el tema y abriéndose hacia un grandioso, como la cúpula de una catedral, con el merengue como trasfondo esencial. Parece unir en el tiempo sonoridades de los años 50 -aires de jazz band en las maderas- con pasajes un poco más complejos sobre todo en las cuerdas, de acento más contemporáneo. José Antonio Molina dirigió su propia obra “Merengue-Fantasía”, escrita a los 25 años, y que mostró una fértil madurez, a partir de un leit motiv que va y regresa por la obra, y donde el ímpetu vanguardista, se va por caminos rurales con Los algodones, permite desestructurar lo que discurre y recomponer el motivo central, -lo rítmico es medular en la composición-hasta regalar en más de una ocasión una explosividad que pone en acción toda la orquesta y regala momentos de mucha belleza melódica y de profundo lirismo. El plato fuerte fue el “Concierto para Saxofón Alto y Orquesta”, de Bienvenido Bustamante. Paquito D’Rivera conoce muy bien la composición realizada para Tavito Vásquez, porque incluso la grabó, dirigido por el propio Molina. Tras el planteamiento por toda la orquesta que va disminuyendo su grosor, entra el saxo en el minuto y 46 segundos, para regalar un motivo que habrá de retomar hasta el final del primer movimiento. El segundo es lento, lo abre el saxo y lo entrega a las cuerdas a las maderas y toda la orquesta que va como despertando, del andante al allegro. El tercer movimiento, moderato, abre con la güira, luego entra la tambora, libre, hasta entregar el tema para que el saxo alto narre el motivo presentado por los instrumentos de viento. Ninguna orquesta del mundo interpreta este tema como la nuestra. Paquito le imprime su virtuosismo, pero con sentido de pertenencia. En el encore, Paquito improvisó con temas de Gillespie, y al final con toda la orquesta el Oblivion, de Astor Piazzolla. La OSN limpísima y efectiva. Felicidades.